Los comerciantes de la Ciudad del Vaticano lloran la muerte del Papa Francisco, recordándolo no como un líder religioso, sino como un cliente habitual. Durante más de siete años, Francisco frecuentó los negocios locales, comprando helados, ropa a medida y gafas, siempre insistiendo en pagar y rechazando el lujo. Los heladeros recuerdan su afición al dulce de leche, mientras que un sastre recuerda su naturaleza frugal y sus comentarios humorísticos sobre los precios. Estas interacciones resaltan la personalidad sencilla de Francisco y su preferencia por una vida simple, contrastando con la opulencia que a menudo se asocia con el papado.
Prepared by Emily Rhodes and reviewed by editorial team.
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